El Silencio y la llave

Sobre la Obra

El rostro de una mujer palestina ocupa el centro de la composición, erguido como un símbolo colectivo de resistencia. No es un retrato individual, sino la condensación de muchas miradas silenciadas. Sus facciones, trabajadas en grises y blancos, recuerdan a la piedra erosionada: un rostro que es a la vez escultura y fragmento, herido pero aún en pie. El velo que la envuelve combina los tonos rojo y verde, colores que sugieren tanto la herida y la sangre como la esperanza y la vida y la bandera de un país quebrado. Sobre él, aparece insinuado el tejido de la keffiyeh, emblema cultural y de identidad, que se funde con la piel y la memoria. En la frente, una llave actúa como marca de pensamiento y recuerdo, evocando el derecho al retorno y los hogares perdidos. En la parte inferior, un grupo de aves negras alza el vuelo, representando al mismo tiempo la diáspora y el anhelo de libertad. Son fragmentos de un éxodo, pero también presagios de movimiento y de futuro. La obra articula un lenguaje de símbolos universales: la llave, la paloma, la grieta que separa el territorio... Más allá de un conflicto concreto, habla de la condición humana cuando los derechos se ven vulnerados. Con un estilo que mezcla la fuerza del color plano y la contundencia del trazo gráfico, el cuadro invita a mirar de frente la dignidad fragmentada, pero aún intacta en su esencia. Es, en definitiva, un canto visual a la resiliencia y a los derechos humanos, una imagen que interpela desde lo íntimo y lo colectivo, y que convierte un rostro en la voz de muchos.

Técnica

Acrílico sobre tabla

Dimensiones

81x61 cm

Año

2022